Eliot 120

Me parece ardua la causa eficiente entre la emisión de billetes con rostros de la cultura europea y un afloramiento del orgullo y la identidad continentales.

El capitalismo de libre mercado no es solo el sistema más eficiente para la generación de riqueza y la reducción de la pobreza, sino también el único orden económico compatible con la libertad individual, el pluralismo político y la limitación del poder coercitivo del Estado. La propiedad privada y el libre mercado funcionan como contrapesos indispensables frente a la tendencia natural del Estado hacia el autoritarismo. Ludwig Lachmann y Emil Kauder: honrémoslos. Lachmann aporta el subjetivismo radical (las expectativas humanas son cambiantes y el mercado se adapta a ellas de forma continua); Kauder narra cómo el pensamiento escolástico influyó en la teoría del valor, demostrando las raíces profundas del capitalismo en la libertad de elección. Léanlos, no tienen desperdicio.

La libertad de prensa, el pluralismo cultural, la democracia representativa y la tolerancia son inseparables del capitalismo y de la propia Europa. El mercado libre disuelve los nacionalismos colectivistas, el tribalismo y el caudillismo, permitiendo que el individuo sea dueño de su propio destino. En una sociedad de matriz capitalista se defiende el laicismo, la racionalidad e instituciones sólidas. Sostengo que el capitalismo moderno y el Estado de derecho requieren de ciudadanos autónomos, y deploro cómo el estatismo clientelar debilita la responsabilidad individual y carcome la democracia (algo que se percibe de modo acusado en la España de Sánchez).

Pero Europa no es solo un mercat de Calaf. Eso es condición necesaria, pero no suficiente. Escribió recientemente Jordi Llovet en el suplemento Quadern:

«Giuseppe Mazzini en sus Fragmentos antropológicos, y François Guizot en su Historia de la civilización en Europa, pisaron un terreno mucho más firme: la unidad de Europa como civilización fue una cierta realidad durante la romanización; lo fue mientras el cristianismo constituía la fuente del orden cultural y moral; lo fue mientras la caballería y el feudalismo operaban como instituciones globales de ordenación sociopolítica… y tal vez poco más. En el Renacimiento, salvo Maquiavelo, todos pecaron de idealistas, incluido Erasmo. Por eso las naciones estado nacidas en la Edad Moderna continúan siendo lo que eran hace cinco o seis siglos; y tanto Mazzini como Guizot, ejemplos paradigmáticos, ofrecieron el único camino hoy todavía viable: que cada nación aporte su legado a este constructo tan vago llamado Europa, que cada cual aproveche de los demás aquello que mejor se acompase con sus ideals, y un profundo respeto por las diferencias. De momento, no existe más unidad que la moneda, el libre comercio y la libertad de movimiento en los territorios de la Unión, ciertas garantías jurídicas universales, el uso generalizado de la lengua inglesa o, por caso, la decisiva difusión de las ideas que entraña la traducción. Más que eso —y no será casi nada— solo habrán de conseguirlo las redes sociales y la bolsa de Nueva York: un contubernio de estupidez y beneficios económicos. Pudo haber sido de otro modo, pero ha sido así».

Europa no es solo democracia y libre circulación de mercancías y capitales. Son también sus discusiones artísticas en los cafés, los debates en cenáculos literarios, los institutos de investigación científica, sus universidades. Europa es Rimbaud, Michelet, Addison, Cernuda, Ganivet, Eugeni d’Ors, Umberto Eco, Francis Bacon, Weber, Popper y Cantor.

Cuando uno piensa en Ernst Robert Curtius, aflora de forma inevitable su idea de Europa como una continuidad espiritual sostenida por la retórica y las letras latinas. En Literatura europea y Edad Media latina, Curtius no retrata una Europa política, sino una arquitectura de textos. De aquello, acaso, ya no queda ni el rastro. Europa sigue soñando con una identidad cultural unificada, pero sus símbolos han dejado de sostener semejante fábula.

El puente común ya no se tiende sobre Virgilio, Plutarco, Leibniz, la Biblia, Agustín, Newton, Carnap o Bohr, sino sobre los cotilleos acerca del hijo de Beckham, la familia real noruega, Eurovisión, el Real Madrid y demás bagatelas que difícilmente servirán para vertebrar una identidad cultural de verdadero fuste. No sé.

Eliot 119

En 1740, tras un cónclave interminable de 255 votaciones, la Iglesia elevó al trono a Prospero Lorenzo Lambertini. Nacido en la nobleza boloñesa y doctorado en teología y utroque iure con solo diecinueve años, el nuevo Benedicto XIV no llegó a Roma para contentar a las masas ni para sobreactuar una falsa humildad. Llegó con la tradición tridentina en una mano y el rigor de la razón en la otra.

Inspirado por el espíritu muratoriano, Lambertini entendió que la fe no debía temer a la inteligencia. Su pontificado fue una lección magistral de cómo armonizar el dogma con la modernidad ilustrada. Bajo su dirección se acometió la reforma del Index librorum prohibitorum en 1757, un gesto de audaz apertura que —con el sabio asesoramiento del jesuita Boscovich— sacó de la lista negra de la censura las obras científicas de Galileo. Benedicto XIV demostró al mundo que la Iglesia podía dialogar de tú a tú con los gigantes de la ciencia sin perder un ápice de su autoridad moral.

Fue tal su altura teológica y diplomática que el mismísimo Voltaire, azote del catolicismo, le envió su obra Mahoma acompañada de una carta preñada de sincera adulación. El Papa, lejos de atrincherarse en el anatema, le respondió con una misiva de gratitud tan elegante que inspiró al filósofo francés a dedicarle un célebre dístico en latín, elogiando a Lambertini como la luz de Roma y la guía de la sabiduría paterna.

La figura de Benedicto XIV, inmortalizada hoy en San Pedro por la escultura de Pietro Bracci, destaca como el culmen del pontificado ilustrado: un espejo incómodo en el que harían bien en mirarse quienes hoy gestionan los destinos de la Iglesia. Frente a la sólida erudición y el prestigio intelectual que doblegaron el orgullo de la Ilustración, el Vaticano reciente ofreció el triste espectáculo de Francisco: un «Papa pop» devorado por la cultura del titular fácil, la devaluación doctrinal y una alarmante carencia de luces.

Es el problema de los populismos: esa corriente política —cuyas raíces se remontan al narodnichestvo ruso de la década de 1870— que pretende articular al pueblo omitiendo la lucha de clases o exaltando la vida popular. Francisco, el peronismo, el poujadismo francés, los narodniki rusos y personajes tan heterogéneos como Mao, Castro, Hitler, Mazzini, Nyerere, Nasser, Pujol, Junqueras, Trump, Abascal o el ínclito, carismático y luciferino Pablo Iglesias Turrión han sido —y son— nefastos populistas. Asimismo, existen empresarios, periodistas —la gran mayoría— o dirigentes de clubes de fútbol que caen de lleno en ese pecado nefando.

Lo único que los aúna es una místicoide retórica anti-elitista que exalta, por contraste, las virtudes beatíficas y mesiánicas del pueblo. Su idea de pueblo no es unitaria e interclasista, sino que promueve enfrentamientos entre facciones del mismo; no responde a un mínimo común racional, sino que se asienta del todo en categorías mitológicas. Y, aunque severamente aparentan ser retrógrados contrarios a la globalización, no propugnan pautas tradicionales, sino cambios sociales dirigidos —muy negativamente— a modificar el statu quo.

El pueblo nunca tomará en sus manos «Introduction to Mathematical Philosophy», de Bertrand Russell (George Allen & Unwin Ltd., Londres. Segunda edición, reimpresión de 1920/1930. Octavo mayor) El volumen, revestido con una tela editorial rígida de un tono azul cobalto profundo, casi nocturno, ha resistido las décadas. Al pasar las yemas de los dedos sobre las tapas, uno siente el grano grueso y áspero del tejido primitivo, una textura que ancla las manos a la realidad. El lomo, ligeramente descolorido por el sol de pasadas bibliotecas, exhibe el título y el nombre de Russell grabados en letras de oro viejo. El dorado ha perdido su brillo estridente; ahora es un destello mate, más sabio, que emerge de la penumbra del estante. El pueblo no sabe de estos placeres. Prefiere hacer fotos con el móvil a Abascal a las puertas de una disco gay de osos.

P.S.: Diseñé -me costó mi tiempo- un prompt que deba permiso explícito para usar un lenguaje tajante y le proporcioné asimismo un marco de referencia estilístico muy rígido (que oculto para no dar pistas) ¿Resultado? Texto íntegramente redactado por la IA.

Debo jubilar, a qué dudarlo, mi antiguo (y anticuado como la alpargatería) oficio de escritor.

Eliot 118

Llovet: «Los medios de comunicación, la opinión pública fantasmagórica que se ha creado, aquí y en todo el mundo occidental, ha hecho que no importe nada la soberanía intelectual que debe poseer todo ciudadano en una nación o en un Estado democrático. Y sin esta soberanía individual, compartida por la vía del diálogo (dia-logos, un lenguaje, una voz, un discurso, que se pueden atravesar), las naciones pueden derivar hacia un constructo similar a las tiranías. Es el gran problema de las democracias actuales, y diría que en todas partes: no están basadas en el acuerdo dialogante entre la ciudadanía que conforma un Parlamento, sino en una especie de logomaquia, una guerra de palabras, de frases hechas, difundidas por los partidos políticos, que han minado la posibilidad del disentimiento racional y sensato».

La «opinión pública» contemporánea no es el resultado del debate ciudadano libre, sino un artefacto mediático («fantasmagórico») que sustituye el juicio crítico individual por marcos de pensamiento prefabricados. Nada conviene más al hombre que el uso de la razón compartida. No existe comunidad política allí donde los ciudadanos han perdido el juicio recto sobre lo justo y lo injusto, la verdad y la mentira.

Tres ideas clásicas recorren Occidente: la importancia de la autonomía del juicio, la verdad como fruto del diálogo y el peligro de la propaganda cuando sustituye a la deliberación.

A propósito de ello, pocas páginas resultan tan actuales como el célebre análisis de la guerra civil de Córcira. Tucídides escribe:

«Las palabras cambiaron incluso su significado habitual para adaptarse a los hechos. La temeridad irreflexiva pasó por valentía; la prudencia fue considerada cobardía; la moderación, disfraz de la debilidad; la inteligencia para examinar todas las cosas fue juzgada incapacidad para actuar.»

Habermas es quizás el paralelo directo más estrecho con la tesis de Llovet sobre el vaciamiento de la racionalidad dialogante por parte de los partidos y los medios de comunicación. Fue un profeta de la malhadada era Trump. Parafraseándolo libremente:

«Con la expansión de los medios de comunicación de masas de tipo comercial, la esfera pública cambia de función: se convierte en un espacio en el que se exhiben ofertas de consumo cultural y de prestigio político, más que en un foro para el debate racional. La comunicación pública se ve sustituida por la escenificación mediática. Los partidos políticos no buscan la formación del juicio político de los ciudadanos mediante la discusión y la deliberación racional, sino la coacción publicitaria sobre los votantes. Las frases hechas, los eslóganes fabricados por asesores de imagen y las técnicas de relaciones públicas han transformado el debate parlamentario en un espectáculo de cara a la galería, donde el disentimiento racional ha sido anulado en favor del alineamiento dogmático».

Sin ciudadanos capaces de juzgar, las instituciones se vacían. No deleguemos nuestro pensamiento. Pensemos por nosotros mismos.

P.S.: Este es un texto redactado por mí a partir de una selección y edición de ideas filosóficas localizadas con ayuda de una IA. Acaso sea una exageración llamarlo híbrido, pero también sería deshonesto considerar su autoría inquebrantablemente personal. Resulta cuando menos curioso que haya usado la máquina para exigir el rescate del juicio humano.

Eliot 117

En Ansiedad por el estatus —una obra tan lúcida como de ágil lectura—, Alain de Botton recuerda que en las sociedades feudales la pobreza no acarreaba culpa moral: el campesino nacía y moría como tal por estricta voluntad divina. Sin embargo, la irrupción del ideal meritocrático cambió las reglas del juego. Desde el momento en que se asume que todos tenemos las mismas oportunidades para triunfar, la pobreza deja de ser una desgracia inevitable para convertirse en un defecto de carácter.

Las élites ultra-ricas sufren hoy el reflejo inverso de esa misma ansiedad. Saben que la desigualdad salta a la vista y que su riqueza extrema resulta moralmente indefendible. Para desactivar esa culpa frente a la opinión pública, han recurrido a una receta simple: fabricar la ilusión de una cercanía emocional y purgar cualquier asomo de elitismo intelectual. Existe hoy el mandato imperativo de ser moralmente digerible; se asume que vestir la opulencia con el disfraz de la sencillez despierta la simpatía de las masas.

El gran burgués europeo del siglo XIX y de buena parte del XX —estirpe en la que se inscriben mis propios orígenes familiares— aspiraba a algo más que al mero enriquecimiento. Aquella alta burguesía hacendada pretendía ser culta y civilizada: compraba bibliotecas, financiaba museos, erigía teatros y buscaba con afán las editio princeps.

En Cataluña, la generación de Francesc Cambó encarna a la perfección este espíritu. Cambó financió la colección de clásicos griegos y latinos de la Fundació Bernat Metge porque entendía que la riqueza solo alcanzaba la verdadera dignidad cuando se convertía en cultura. Aquellos industriales y comerciantes de la Lliga Regionalista —con todas sus contradicciones políticas y sociales— consideraban que una biblioteca bien nutrida era un símbolo de respetabilidad tan decisivo como la propia fábrica. No era raro encontrar a empresarios suscritos a la Bernat Metge que alineaban esos volúmenes encuadernados en piel junto a los clásicos franceses o ingleses (lenguas que mis padres y abuelos dominaban con fluidez, especialmente un francés impecable). Entendían el privilegio desde la noción del noblesse oblige. El propio Cambó reunió una de las colecciones privadas de arte más importantes de Europa para terminar cediéndola a los museos públicos. En aquella época, el estatus no se legitimaba simulando ser «un tipo corriente», sino demostrando una superioridad moral y cultural a través del cultivo del espíritu.

Hoy asistimos, en cambio, a la era del rico hortera y analfabeto funcional. Nunca han existido tantos multimillonarios ni tan pocos mecenas de las humanidades. Han sustituido la biblioteca de los clásicos por el feed de Instagram y la alta cultura por un antiintelectualismo militante. Prefieren la camiseta de Loro Piana de ochocientos euros —diseñada paradójicamente para parecer de diez— a Tácito o Gibbon. El prestigio ya no emana de poseer una edición aldina de Virgilio o un manuscrito medieval, sino de exhibir el último modelo de Richard Mille o el yate más desmesurado del Mediterráneo.

El dinero sirve para muchas cosas; la principal, tal vez, comprar tiempo. Pero el tiempo comprado solo cobra sentido si se invierte en algo superior a seguir acumulando dinero. Josep Pla diagnosticó con precisión esta indigencia espiritual de la riqueza desprovista de cultura. Para el escritor ampurdanés, la obsesión monetaria sin un propósito elevado reducía a los ricos a figuras trágicas o directamente ridículas:

«L’avarícia dels rics és una de les coses més tristes d’aquest món, perquè és una avarícia sense cap mena de grandesa, una avarícia de comptable», Josep Pla, Notes per a un diari

Nuestras élites ya no compran la Bernat Metge; compran la simpatía de la plebe. Y de eso, lamentablemente, nos sobran los ejemplos.

Eliot 116

Mi biblioteca (alrededor de 25.000 volúmenes ocupando todas las estancias, incluida la cocina y el baño) pertenece a una tradición muy antigua de la bibliofilia: la del coleccionista que no busca únicamente los «grandes libros» o libros canónicos (que siempre es un placer releer y estudiar), sino los libros excéntricos, aquellos donde la inteligencia humana, el error, la imaginación y el delirio han dejado su rastro. Hay bibliotecas que parecen construidas para demostrar una tesis, una cosmovisión compacta y racional; otras, para demostrar que el mundo ha sido mucho más extraño de lo que suele admitir la historia o las intuiciones precipitadas.

Manguel evoca a lectores cuya vida quedó absorbida por los libros: desde Richard de Bury, que sacrificaba recursos y comodidades para adquirir manuscritos, hasta coleccionistas modernos que organizaban su existencia alrededor de bibliotecas concebidas como un mapa (o su íntima biografía) del universo. Alberto Manguel insiste en que, para algunos, una biblioteca no es un depósito de volúmenes, sino una autobiografía obsesiva de celulosa: cada adquisición testimonia una curiosidad, una compulsión o un ineludible encuentro intelectual. También recuerda figuras como Aby Warburg, cuya biblioteca estaba ordenada por afinidades mentales antes que por disciplinas, y Thomas Phillipps, cuyo afán de reunir manuscritos llegó a ser enfermizo.

Supongo que ya sospechan que una de mis mayores alegrías no vendría de incorporar un incunable —que también lo celebraría, si fuera muy rico—, sino de hallar un opúsculo de cuarenta páginas impreso en una ciudad alemana en 1827 por un profesor desconocido que «demuestra» la imposibilidad del infinito, o una edición elzeviriana en doceavo sobre magnetismo animal con anotaciones manuscritas de un lector del siglo XVII. Son esos libros fronterizos, a medio camino entre la erudición y la extravagancia, los que convierten una biblioteca en un auténtico gabinete de curiosidades intelectuales.

En ese ámbito les puedo hablar de los «circle squarers». Toda una tradición editorial de folletos victorianos dedicados a trisecar el ángulo, duplicar el cubo o cuadrar el círculo. Muchos fueron impresos por sus propios autores en tiradas mínimas. Son una delicia para cualquier bibliófilo. El mentor de todos ellos es James Smith, quien durante décadas publicó libros demostrando haber resuelto definitivamente la cuadratura del círculo. Cada nuevo matemático que lo refutaba era, según él, víctima de un gigantesco complot académico. Grande y locuelo este James.

Me chiflan autores muy recónditos, olvidados por cualquier ojo lector y por cualquier centella de la memoria. Yo seré uno de esa estirpe. Así, Pierre Boutang, cuya prosa avanza mediante espirales y símbolos. O Gustave Thibon, campesino, místico y moralista, un híbrido o cruce de La Rochefoucauld y Simone Weil.

Me chiflan aquellos tratados que representan sistemas lógicos mediante estructuras algebraicas, cómo retículos, álgebras de Boole, álgebras de Heyting y estructuras relacionadas permiten estudiar lógicas clásicas y no clásicas con herramientas algebraicas. La idea central, expresada sin tecnicismos, es hermosa: en lugar de manipular fórmulas una por una, se estudian las «formas» abstractas que obedecen todas las inferencias posibles.

Uno de los tesoros de mi biblioteca es un facsímil de Magia naturalis de Giambattista della Porta. Vivió en una época de transición entre la alquimia y la ciencia experimental, una época de frontera, por lo que en su libro conviven experimentos ópticos auténticos con recetas para invisibilidad, filtros amorosos y observaciones botánicas muy modernas.

Y cómo no hablar de las enciclopedias. Las Etymologiae (Etimologías) de Isidoro de Sevilla (c. 630). El Speculum Maius (El Gran Espejo) de Vicente de Beauvais en el siglo XIII (reúne más de cuatro millones de palabras que sintetizan el saber de su siglo). Los 12 libros que cubren las artes liberales, la filosofía natural y la filosofía moral en el muy usado manual universitario Margarita Philosophica de Gregor Reisch (1503). Y la Britannica, la Espasa, la Wikipedia, la de Chambers o la de Gessner. Un festín orgiástico.

Libros, libros… desde semánticas de Lambek para lingüística formal, desnudos pneumáticos, biografías de estrellas del rugby, o Ken Follet, Georges Palante y Joyce, hasta Antonio Magliabechi, el legendario bibliotecario de los Médici. Vivía rodeado de montañas de volúmenes, dormía vestido entre ellos y poseía una memoria tan prodigiosa que podía indicar el lugar exacto de un pasaje en miles de obras sin necesidad de consultarlas. Su casa era descrita por los visitantes como una biblioteca habitada por un hombre más que como la vivienda de un erudito.

La única pasión de mi vida.

Eliot 115

Recomiendo un libro: Joannes de Laet, Hispania sive de Regnis Hispaniae et opibus commentarius (Leiden, 1629).

Dedica una atención minuciosa al entramado político que rodeaba la Corte de Madrid. Para un observador del norte de Europa, el sistema político de Felipe IV y su valido, el Conde-Duque de Olivares, combinaba una sofisticación burocrática impresionante con serios vicios. Resulta curioso que reproche a los políticos castellanos una mentalidad casi mística: confiar en que la llegada periódica de la Flota de Indias, cargada de metales preciosos, resolvería el déficit presupuestario, en lugar de fomentar la industria doméstica o la producción manufacturera.

Parece que viene de antiguo nuestro proverbial mal gobierno.

P.S.: El libro es una joya en formato elzeviriano. De tamaño miniaturizado (duodécimo / 24mo), tipografía cuidada y encuadernaciones originales en pergamino o piel. Eso lo convierte en un objeto muy codiciado en la bibliofilia clásica. En París toqué un ejemplar con márgenes limpios, sin humedad grave ni picaduras de polilla, y con el índice completo. No tenía dinero para adquirirlo (calculo —la memoria ya no es infalible— que rondaría los setecientos u ochocientos euros).

Eliot 114

Jim (en el Lord Jim de Conrad) es un joven oficial de marina idealista, pero cobarde. En el momento decisivo de su vida, presa del pánico, abandona el barco Patna junto con el resto de la tripulación corrupta, dejando a cientos de peregrinos a su suerte creyendo que el barco se hundiría. Aunque el barco finalmente no se hunde, la mancha de su cobardía lo persigue incansablemente. Su final -que no contaré- es trágico.

Fabrizio del Dongo pierde repetidamente las grandes oportunidades de su vida por dejar que otros decidan por él. Thomas Buddenbrook encarna una prudencia burguesa tan extrema que termina siendo incapaz de adaptarse al cambio histórico. Piggy, en El señor de las moscas, representa el intelecto y la razón, pero carece por completo de la fuerza de voluntad, el coraje y la firmeza física para hacerse respetar. Su actitud apocada, sumisa ante la autoridad de Ralph y constantemente aterrorizada por Jack, lo convierte en el blanco perfecto del acoso.

Paradójicamente, Gracián, en el Oráculo manual y arte de prudencia, no identifica la prudencia con la timidez. Para Gracián, la verdadera prudencia es previsión y resolución; la excesiva cautela es una forma de necedad.

P.S.: Para un bibliófilo resulta especialmente atractiva la edición facsímil de la princeps del Oráculo de Huesca (Juan Nogués, 1647), publicada por la Institución Fernando el Católico en 2001 con prólogo (magnífico) de Aurora Egido. Reproduce fielmente la composición tipográfica, las capitulares, la ortografía y la paginación originales, permitiendo apreciar el aspecto material del libro barroco sin tener que acceder a un ejemplar del siglo XVII.

Eliot 113

La tesis central que expresa el gran Ussía —que los imperios y las fronteras no caen con estrépito, sino que se entregan mediante la desatención y la parsimonia— es un tema clásico de la Realpolitik y de la historia diplomática. Los territorios se pierden antes por el abandono político que por la derrota militar.

Viene al pelo aquí Klemens von Metternich: «La política no consiste en perseguir deseos, sino en calcular posibilidades». Sin olvidar su otra máxima: «Un Estado que deja de prever los acontecimientos acaba siendo gobernado por ellos». La Historia nunca avisa, señoras y señores.

En política, lo importante no es tener razón, sino llegar antes. Es crucial que nuestros políticos comprendan esa lógica —o desarrollen esa astucia—. En política internacional no existen espacios vacíos: cuando un país renuncia a ocuparlos, otro los ocupa. Las fronteras no empiezan a perderse el día en que cambian los mapas, sino el día en que un Estado deja de pensar estratégicamente en ellas.

«El principal error de los gobiernos débiles radica en creer que el peligro desaparece simplemente porque se niegan a mirarlo a la cara. La historia no perdona la parsimonia disfrazada de prudencia», Henry Kissinger, Diplomacia, 1994.

O también Churchill (Bettino Craxi siempre expresó ideas similares, aunque la idea proviene originalmente de Lord Palmerston): «En la alta diplomacia no hay amigos eternos ni alianzas inmutables; solo hay intereses. Quien crea que sus aliados tradicionales sacrificarán sus propios proyectos por proteger la integridad ajena, desconoce la naturaleza del poder».

El desinterés de un pueblo por sus confines es el mejor aliado de la ambición extranjera.

P.S.: Te envío un abrazo afectuoso, Alfonso.

Eliot 112

Aunque EE. UU. e Israel no tienen jurisdicción directa sobre el territorio español, sus actuaciones diplomáticas pueden inclinar la balanza en el plano internacional. Veámoslo.

Estados Unidos puede hacer un reconocimiento explícito de facto o de jure: Siguiendo el precedente de la Orden Ejecutiva de 2020 respecto al Sáhara Occidental (dentro de los Acuerdos de Abraham), EE. UU. podría reconocer unilateralmente las aspiraciones marroquíes sobre Ceuta y Melilla. También como miembro permanente con derecho a veto en la ONU, EE. UU. puede bloquear cualquier resolución que condene acciones marroquíes o que ratifique la posición española si el conflicto se internacionaliza.

Tras la normalización de relaciones entre Rabat y Tel Aviv, Israel actúa como socio estratégico de Marruecos en materia de defensa e inteligencia. Su papel no es decisorio en el Derecho Internacional público sobre fronteras europeas, pero sirve como factor de influencia y lobby ante la administración estadounidense.

Desde el punto de vista estrictamente legal, no existe ninguna instancia jurídica internacional que pueda obligar a España a ceder Ceuta de forma unilateral. La única vía legalmente válida requeriría el consentimiento expreso del Estado español mediante la modificación de sus propias leyes constitucionales y la firma de un tratado de cesión. El riesgo para la soberanía española en este tipo de litigios rara vez proviene de una sentencia judicial internacional, sino de la dinámica de los hechos consumados (de facto), la presión migratoria/económica en la frontera y el eventual aislamiento diplomático si potencias aliadas deciden respaldar las reivindicaciones marroquíes en foros multilaterales.

Mi intención era poner de relieve que, en un asunto donde la dimensión diplomática resulta tan importante como la jurídica, deteriorar las relaciones con aliados estratégicos puede reducir el margen de maniobra de España si alguna vez surgiera una crisis sobre Ceuta y Melilla

P.S.: Para estructurar esta nota en viñetas me apoyé parcialmente en la IA. También acepté su sugerencia de eliminar algunas expresiones demasiado pasionales para ganar ecuanimidad. La argumentación y las tesis expuestas son, sin embargo, esencialmente de mi autoría.

Eliot 111

Tanto Sun Tzu como Carl von Clausewitz, desde tradiciones intelectuales muy distintas, coincidieron en una idea esencial: frente a una amenaza exterior, la dispersión del mando y la confusión de objetivos constituyen el primer paso hacia la derrota. La unidad de mando y la claridad estratégica son la primera línea de defensa de cualquier Estado.

Desde una perspectiva cercana a la de Sun Tzu, podría sostenerse que Marruecos —o el actor impulsor de la crisis— aplicó con notable eficacia esa lógica. No fue necesario recurrir a las fuerzas armadas convencionales; bastó con instrumentalizar la presión migratoria y amplificar la tensión mediante las redes sociales para desestabilizar al adversario. La respuesta española, en lugar de neutralizar la estratagema, proyectó una imagen de descoordinación institucional.

Clausewitz recordaba que la guerra es la continuación de la política por otros medios. En el siglo XXI esos «otros medios» pueden adoptar formas muy distintas de la confrontación militar clásica: presión migratoria, coerción económica, campañas de desinformación o ciberataques. Todas ellas persiguen el mismo objetivo: doblegar la voluntad del adversario. Si el Estado que sufre esa presión responde refugiándose en excusas burocráticas («falta de datos», «vacío de información») en lugar de ejercer una dirección política firme, cede la iniciativa estratégica y favorece los intereses de quien lo desafía.

Exhibir esa debilidad ante un vecino geopolítico astuto equivale a invitarle a repetir la jugada. Y en geopolítica, la debilidad exhibida suele acabar pagándose con influencia, capacidad de disuasión y, en última instancia, con soberanía.